La peseta fue la unidad monetaria de España desde 1868 hasta 2002
y fue también moneda de curso legal en el Principado de Andorra
junto al franco francés. Se dividía en 100 céntimos
aunque éstos dejaron de circular en 1983.
En 1836, durante
el reinado de Isabel II (1833-1868), comienza la emisión de una
serie de monedas de 1 peseta (plata de 5 gr.) destinadas a pagar el sueldo
de las tropas durante las Guerras Carlistas. Pero no fue hasta 1868 cuando
se fija como moneda de referencia y única de curso legal en España.
Con
la Reina en el exilio, el gobierno provisional surgido de la revolución
de 1868 y presidido por Francisco Serrano, duque de la Torre, promulga
el conocido como Decreto Figuerola en reconocimiento a Laureano Figuerola,
entonces ministro de Hacienda, en el que se detalla tan importante medida
económica.
El nacimiento
de la peseta pretende estrechar lazos económicos y políticos
con el resto de países europeos, muy especialmente con Francia,
Suiza, Italia y Bélgica que tres años antes habían
creado la Unión Monetaria Latina encabezada por Napoleón
III y el franco francés y a la que España pretendía,
si no adherirse, sí acercarse lo más posible. Un proceso
de unidad monetaria muy parecido al del euro y al que poco después
se unirían países como Estados Unidos, Reino Unido y Alemania
que, en el marco de la Conferencia Monetaria Internacional propusieron
la creación de una "moneda universal". Un sueño que nunca
se hizo realidad.
UN POCO DE ORDEN
Por otra
parte, la peseta viene a poner orden en un caos monetario, sin unidad de
cuenta definida (aunque el escudo era la moneda nacional desde la reforma
de Salaverría de 1864) y en el que conviven más de 90 monedas
de curso legal entre peninsulares y americanas, viejas y nuevas, españolas
y francesas: dineros, doblones, escudos, maravedíes, reales de vellón,
libras mallorquinas y hasta sesteros de la época romana. Todas eran
aceptadas como medio de pago.
Así
que, con una circulación de billetes aún muy escasa, el gobierno
del general Serrano acomete una reacuñación de monedas
que trata de poner fin a su sistemática exportación a Francia
donde la plata era fundida para la fabricación de napoleones y francos
franceses. En resumen, el nacimiento de la peseta logra los dos objetivos
esenciales del ideario liberal del ministro Figuerola: unificar el mercado
monetario nacional y facilitar el intercambio comercial con las economías
europeas, sobre todo la francesa.
Pero
no fue tan deprisa como se pretendía. La peseta aún tuvo
que convivir dos años más no sólo con otras monedas
sino incluso con pesetas de distinto valor, como las de 1864 y 1868, que
tenían diferente contenido metálico.
La
reforma de 1868 establece un patrón bimetálico para la circulación
de la peseta con acuñaciones de 1, 2 y 5 pesetas en plata y de 10,
20, 50 y 100 pesetas en oro, además de fracciones de 20 y 50 céntimos
de plata y 1, 2, 5 y 10 céntimos de bronce.
Pero de todas ellas, las que más éxito tuvieron fueron las
de 5 y 10 céntimos, conocidas popularmente como "perra chica" y
"perra gorda". Los apodos proceden de 1870 cuando el grabador de la Casa
de la Moneda Luis Plañiol trató de dibujar un león
para el reverso de la moneda de 10 céntimos y le salió algo
más parecido a un perro. También triunfaron entre el público
los 50 céntimos ó 2 reales y la moneda de 5 pesetas que todos
llamaron "duro" hasta su desaparición en 2002.
El primer papel moneda con el valor facial expresado en pesetas se emitió
el 1 de julio de 1874, coincidiendo con la concesión al Banco de
España del derecho en exclusividad a emitir billetes, hasta entonces
compartido con otros bancos provinciales.
Y diez
años más tarde, el 1 de julio de 1884, se puso en circulación
el primer billete con espacio reservado para marca de agua.
DUROS SEVILLANOS
En 1876
se decide que la plata, que afluye abundantemente, sea la moneda de curso
legal forzoso obligando a la desaparición del oro. Desde finales
del siglo XIX el precio de la plata había ido cayendo de tal modo
que la peseta fue perdiendo valor, de manera que las 5 pesetas de valor
facial en plata acabaron valiendo sólo 2 pesetas con lo que por
cada duro acuñado el estado ganaba 3 pesetas. Y esto despertó
la picaresca de quienes vieron la oportunidad de dar salida a tanto metal
y ganar dinero de paso. Es el caso de los "duros sevillanos", exactamente
iguales a los de curso legal, con 2 pesetas de plata en cada moneda de
5 pero falsos en la práctica.
Al
parecer su acuñación comenzó en Sevilla pero su fabricación
y uso se fue extendiendo de tal manera que el gobierno de Alfonso XIII
acabó por aceptar cambiarlos por duros de curso legal para poder
retirarlos de la circulación.
Como
las monedas ya no valían el equivalente al metal que llevaban, se
generalizó el uso de billetes, respaldados por reservas de oro y
plata, y la acuñación de monedas en metales menos valiosos
como el níquel. En 1925 se acuñan gran cantidad de monedas
de 25 céntimos en ese metal que, por parecerse en tamaño
a la de 2 pesetas en plata, fue horadada en el centro. Un agujero que se
respetó en otras monedas posteriores como la de 50 céntimos
de 1949 o la de 25 pesetas de 1992 que circuló hasta la llegada
del euro en 2002.
LA GUERRA CIVIL. DOS BANDOS, DOS PESETAS
La contienda que en 1936 entablan los partidarios del sistema establecido,
la República, y los del ejército levantado en armas contra
ella, también se trasladó al ámbito de la economía.
El Banco de España se divide en dos, con sede primero en Madrid
y luego en Valencia, Castellón y Aspe (Alicante) para los republicanos
y en Burgos para los llamados nacionales. La peseta siguió siendo
la moneda de curso legal para ambos pero con diferentes emisiones. Cada
bando negaba la legitimidad de la peseta del rival y competía en
el exterior por hacer de la suya la moneda oficial.
Mediante
un Decreto Ley, los alzados contra la República obligan a quienes
posean billetes anteriores a 1936 a ponerles un sello o a ingresarlos
en cuentas corrientes para validarlos de cara al nuevo régimen.
Los republicanos a su vez, establecen con otro Decreto la emisión
de certificados de plata de 5 y 10 pesetas en forma de billetes que, lógicamente,
no fueron aceptados en la España nacional.
Y mientras
los contendientes obligan a la peseta a entrar en batalla, las monedas
comienzan a escasear en las ciudades. Los españoles pensaban que,
fuese quien fuese el ganador de la guerra, el metal de las monedas siempre
tendría su valor. Así fueron desapareciendo sucesivamente
las monedas de plata, las de cobre y las de bronce. Estas últimas
fundidas para hacer munición.
Así que esta falta de calderilla
dificultó las pequeñas compras de los ciudadanos de modo
que empresas, sindicatos y ayuntamientos, entre otros, se lanzaron a la
emisión de vales o monedas locales.
El propio Estado llegó a poner en circulación discos de cartón
con un sello de correos pegado. Hubo emisiones de cheques, vales o billetes
a cargo del Consejo de Asturias y León, bancos y cajas de ahorro
del País Vasco, las autoridades de Santander, de Palencia,
de Burgos, de Alicante, de Menorca, de Aragón, de Andalucía
pero sobre todo, los ayuntamientos de Cataluña,
donde
hubo hasta 3.384 billetes diferentes.
La guerra
termina con el triunfo de los militares que tres años antes se habían
alzado contra la República y el gobierno del general Franco no puede
dar la espalda al dinero republicano de las zonas que va conquistando si
no quiere arriesgarse a una quiebra financiera que no se puede permitir.
Así establece dos períodos de conversión de la peseta
republicana a la nacional, que supuso la afloración de unos 3.000
millones de pesetas republicanas a las arcas del nuevo Estado.
EL TÉRMINO
"PESETA". CATALUÑA O CASTILLA
La peseta
vino a sustituir al escudo como unidad monetaria española
en 1868, como hemos visto, pero ya existía anteriormente como múltiplo
del real y submúltiplo del propio escudo. La palabra "peseta" era
un término de uso común entre los castellanos y los defensores
del origen castellano del vocablo creen que procede de "peso", moneda que
circulaba por las colonias de América y Filipinas, dependientes
de Castilla. Y así lo entienden la mayoría de los diccionarios
de lengua española. El de la Real Academia y el de María
Moliner consideran que "peseta" es un derivado de "peso" y hasta el
Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico
del filósofo Joan Corominas niega que se trate de un vocablo catalán.
Admite, eso sí, una influencia de los sufijos catalanes "ete" y
"eta" que aparecen en muchos términos castellanos de la época.
Otros
lingüistas, en cambio, descartan la procedencia directa del peso porque,
según creen, su diminutivo sería pesito o pesita pero no
peseta, una degeneración del término bastante improbable.
Crusafont y Balaguer aseguran
que la palabra "peceta", diminutivo de "peça" o pieza era utilizada
en lengua catalana desde muy antiguo y que pasó a ser seudónimo
del real de a 2 como valor más pequeño entre los múltiplos
del real de plata. Las "pecetas" carolinas acuñadas en Barcelona
por el archiduque Carlos de Austria, pretendiente a la Corona española
frente a Felipe de Anjou de la Casa Borbón, en la Guerra de Sucesión,
inundaron buena parte del territorio peninsular durante el siglo XVIII
ayudando a la propagación de término "peseta". Término
que aparece en un documento de los vencedores, los partidarios de Felipe
de Anjou, que reinó con el nombre de Felipe V, en el año
1718 y en el Diccionario de Autoridades de 1737. En ambos casos como la
pieza de 2 reales de plata, la cuarta parte del real de a 8 o peso. Prácticamente
quedan descartados el origen del término francés "piecette"
(pièce: pieza o moneda) o del italiano "pezzeta" (pezzo: pieza).
UN CAMBIO DE IMAGEN
La primera pieza acuñada por Figuerola tenía en el anverso
la figura de una matrona tendida sobre la Península
Ibérica, apoyada sobre los Pirineos, con los pies en el Estrecho
cerca del Peñón de Gibraltar, con una rama de olivo en la
mano como símbolo de paz y con una corona mural en la cabeza. El
diseño, inspirado en las monedas acuñadas por el emperador
romano Adriano, aparece también en las últimas monedas de
100 pesetas.
En 1874
el gobierno concede el monopolio del control monetario al Banco de España.
A lo
largo de su historia circularon monedas de 1, 2, 2,5, 5, 10, 20,
25, 50, 100, 200, 500 y algunas de 2.000 pesetas que, aunque de curso legal,
se emitieron como piezas de colección. Y a lo largo de su historia
hubo billetes de 1, 2, 5, 10, 25, 50, 100, 200, 500, 1.000, 2.000, 5.000
y 10.000 pesetas.
El proyecto
de Unión Económica y Monetaria facilitó la desaparición
de la peseta, junto al resto de monedas de la denominada Zona Euro,
el 1 de marzo del año 2002.